lunes, 25 de noviembre de 2013



"Cómo ser feliz" según las diferentes religiones.

Es sumamente interesante comprobar como las principales creencias religiosas del mundo coinciden al abordar el tema de la felicidad; con diferentes nombres y presentaciones, pero en esencia lo mismo. Básicamente, para el hinduismo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, la felicidad consiste en hacer lo correcto, lo justo, en vivir haciendo el bien a los demás, a cultivar hábitos como el trabajo, la honestidad y la generosidad. Todas las religiones enseñan a sus fieles a desechar la mentira, el robo, los vicios, porque destruyen la vida y acarrean desgracias.
No hay que pensar mucho para darse cuenta que si hiciéramos el bien nos evitaríamos muchas aflicciones y problemas en nuestra sociedad. Para el hinduismo y el budismo esto significa conseguir buen karma. Para el judaísmo la felicidad consiste en obedecer los 613 mandamientos dados por Dios. Para el cristianismo es un asunto de ser fiel a Cristo y para el islamismo, seguir las enseñanzas del profeta Mahoma.
Así mismo, estas religiones, (a excepción del Budismo que carece de un dios-persona); consideran que el bien máximo, la más grande felicidad consiste en tener unidad y/o comunión con el Ser Supremo conceptuado según la creencia como el dios Brahmán; Jehová (Yahveh), el Padre, o Alá. Lo que revela que el ser humano, independiente de su origen, cultura y época, sabe en su interior, conoce por su conciencia, que la desdicha proviene de alejarse de lo bueno, del Bien, del Creador.

La semejanza más notoria respecto a cómo ser feliz, se da entre el judaísmo y cristianismo; obviamente porque tienen en común la Torá (el Antiguo Testamento para los cristianos). Ambas consideran que en esta vida la felicidad se obtiene por medio de la obediencia a Dios, por un claro convencimiento que su voluntad es lo mejor para nosotros. Sin embargo difieren en lo que respecta a la verdadera felicidad plena y eterna: En el judaísmo ésta se consigue por medio de las buenas obras. En el cristianismo, aunque en principio coincide en lo mismo, reconoce que en la práctica es imposible*: “No hay justo ni aún uno”, “Todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios”, así que la comunión con Dios se obtiene por un mediador: Jesucristo, quien siendo el único Justo y el único que ha resucitado, puede unirnos a Dios al confiar en él, para recibir la vida eterna, la suprema felicidad.

En esta vida, cualquiera que practique el bien le irá mejor, vivirá en paz consigo mismo y los demás sea hindú, budista, judío, cristiano o musulmán. Pero mientras en este mundo exista injusticia, dolor, enfermedad y muerte ninguno de ellos podrá experimentar verdadera dicha y felicidad. Es necesario que se hagan las cosas de nuevo. Dios las va a hacer. Serán eternas. Y para participar en su nueva creación, todos necesitamos a Jesucristo. Desde el punto de vista hindú: Jesús es quien tiene el poder de unirnos a la verdadera “alma universal”, a Dios, por medio de su Espíritu. Desde el énfasis budista: Jesús es quien puede darnos victoria sobre los malos deseos y apegos dañinos al mundo. Siendo judío, Jesús vino a cumplir la Ley, y la cumplió dándole su real significado sin faltar a ninguno de ellos. Al unirnos a él por medio de la fe podemos ser declarados justos y tener “paz para con Dios”. Ciertamente los que profesan ser cristianos no son todos felices (la mayoría no lo es), y esto porque son sólo nominales y no verdaderos creyentes. Cristo ofrece a sus fieles seguidores saciar su 'sed', tal así que “de su interior correrán ríos de agua viva”. Porque lo que realmente cuenta no son las formas, rituales ni cultos. Sólo hay un Dios Supremo, y a él se llega desde el corazón, con sincero arrepentimiento y fe. Al igual que el profeta Mahoma, a lo largo de los siglos, muchos han buscado seguir las verdaderas enseñanzas de Jesús, (de quien El Corán dice es “la palabra de Dios” y “un espíritu proveniente de él”, capaz de sanar y resucitar a los muertos por el poder de Dios), pero no muchos lo han logrado pues tropezaron en el mal ejemplo de los que se autodenominan cristianos. Sin embargo, Cristo es muy diferente a Cristianismo. Entendiendo eso, se puede ser feliz en él. Jesús dijo*: “Bienaventurado (feliz, dichoso) es aquel que no halle tropiezo en mí”. 

http://ateismoparacristianos.blogspot.com.es/2011/10/noticias-sobre-religion-y-felicidad-los.html

Los efectos de la religión en la felicidad

Publicado
Publicado por Eduardo Robredo Zugasti en http://www.revolucionnaturalista.com
La justificación de la religión basada en su utilidad personal y social es un rasgo muy fuertemente asociado con la secularización. Un argumento estrella de este tipo de “apologética” moderna es que la religión hace más feliz a las personas. Y aparentemente sólo un insensato (como el del salmo 14) rechazaría ser más feliz.
La asociación entre religión y felicidad es, sin embargo, sumamente variable entre países, tal como confirma un artículo de Jan Eichhorn (vía Epiphenom), de la universidad de Edinburgo, que ha estudiado los efectos que tiene la religiosidad sobre la satisfacción vital en 43 países europeos, y en EE UU, Australia y Nueva Zelanda. Eichhorn ha hallado que los efectos positivos de la religiosidad sobre la felicidad, cuando tienen lugar, están estrechamente relacionados con las creencias dominantes de la sociedad.
Las personas que dan más importancia a Dios, sin embargo, son más felices cuando viven en un país donde los demás también lo hacen. Además, su felicidad también es mayor cuando hay muchas personas que asisten a los servicios religiosos.
Dado que lo contrario no es el caso -las personas que acuden a los servicios más a menudo no son más felices cuando la media en la importancia de Dios es mayor-, parece que la felicidad a través de la religiosidad puede derivarse principalmentede la conformidad con el standard de la comunidad, en particular con el standard visible.
En términos más prosaicos, el conformismo social parece una buena estrategia para lograr la felicidad, y si el conformismo social está asociado con la religiosidad, lo más probable es que la religión te haga más feliz. Este efecto benéfico no se produce cuando vivimos en sociedades altamente seculares o donde la importancia de las creencias religiosas es menor.

La religión genera felicidad gracias a ciertos factores sociales

El bienestar que se deriva de la religiosidad depende de la cantidad de personas con las que se comparten las creencias personales, revela un estudio


Los resultados de un estudio realizado en la Universidad de Edimburgo revelan que la religiosidad puede hacer que la gente se sienta más feliz, pero sólo en aquellos casos en los que el grado de religiosidad individual se ajusta al grado de religiosidad de la sociedad. Según el autor de la investigación, la gente es más feliz cuando se encuentra en un grupo social afín a sus propias creencias religiosas. Dado que la población religiosa es significativa en la mayoría de los países, ésta podría ser la razón principal de la tendencia de las personas religiosas a ser más felices que las no religiosas, una tendencia que había sido constatada en estudios previos. Por Yaiza Martínez.


Un estudio realizado por el sociólogo Jan Eichhorn, de laUniversidad de Edimburgo, en Escocia, ha revelado que la relación entre religiosidad y felicidad individual, señalada por estudios anteriores, depende del grado de religiosidad de cada sociedad.

Según publica Epiphenom, la investigación de Eichhorn comprendió un total de 43 países, la mayoría de ellos de Europa, aunque también fueron incluidos en ella Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda.

Como en otras investigaciones, Eichhorn descubrió que, como media, y tras tener en cuenta otros factores, las personas religiosas (consideradas así en función de sus creencias e implicación religiosas) tendían a ser más felices.

Creencias personales y media social de religiosidad

Por otra parte, Eichhonr analizó también la interacción entre las creencias personales y la media de religiosidad en cada uno de los 43 países estudiados. Los resultados de este análisis arrojaron resultados curiosos.

Por ejemplo, el estudio constató que tener creencias religiosas fuertes no estaba relacionado con la felicidad individual, en aquellos países donde las creencias religiosas profundas eran compartidas sólo por grupos minoritarios de personas o en los que una pequeña proporción de la población asistía a servicios religiosos.

Eichhorn señala que, por otro lado, las personas que le dan una gran importancia a Dios son más felices cuando viven en un país en el que comparten ese nivel de religiosidad con muchos otros.

Además, cuando en un país mucha gente asiste a servicios religioso regularmente, la felicidad de las personas religiosas que en él viven también es más alta. Si la situación no es ésta, el grado de felicidad de las personas religiosas cambia.

Una cuestión social

A partir de estos resultados, Eichhorn concluye que la felicidad que aporta la religiosidad se derivaría, principalmente, de la coincidencia individual con el “estándar” religioso de cada país, en particular con el patrón visible de religiosidad de cada nación.

En otras palabras, la gente es más feliz cuando se encuentra en un grupo social afín a sus propias creencias religiosas. Dado que la población religiosa es significativa en la mayoría de los países, ésta podría ser la razón principal de la tendencia de las personas religiosas a ser más felices, señala el investigador.

Jan Eichhorn. Fuente: Universidad de Edimburgo.
Jan Eichhorn. Fuente: Universidad de Edimburgo.
En un artículo publicado por la revista European Sociological Review, Eichhorn explica que para su estudio fueron utilizados los datos de la World Values Survey, un proyecto de investigación global que explora las creencias y valores de la población mundial, cómo cambian éstos con el paso del tiempo, y el impacto social y político que tienen estos cambios.

Los análisis de la World Values Survey han sido llevados a cabo desde 1981, y han consistido en encuestas nacionales representativas, realizadas en casi 100 países.

Este proyecto está considerado actualmente la única fuente de datos empíricos sobre las actitudes de la mayor parte de la población mundial (casi el 90% de ésta). Por otro lado, Eichhorn aplicó en su estudio un modelo lineal jerárquico de control de factores socio-económicos relevantes.

Con estas herramientas, el sociólogo determinó que la religiosidad personal parece estar asociada con altos niveles de satisfacción vital sólo en aquellas sociedades donde la religiosidad es también alta como media.

Eichhorn concluye que los mecanismos de conformidad social parecen ser los causantes de los niveles altos de felicidad de la población, y no el grado de religiosidad individual de sus habitantes.

El sentimiento de pertenencia

En los últimos años, diversos estudios han revelado que existe una relación positiva entre la religiosidad y el grado de satisfacción vital. Es el caso, por ejemplo, de una investigación realizada por el psicólogo del Albion College de Estados Unidos, Andrew N. Chisthoper, en 2006, o el de un estudio realizado, en 2010, por científicos de la Universidad de Berna, en Suiza, en el que se constató que las religiones pueden reducir los casos de suicidio.

Las conclusiones de Eichhorn sobre las causas del vínculo entre bienestar y religiosidad coinciden en parte con las extraídas en otro estudio, realizado a finales de 2010 por científicos de la Universidad de Harvard, cuyos resultados sugirieron, igualmente, que el efecto de las religiones sobre la felicidad individual tendría un componente social.

En este caso, los investigadores de Harvard constataron que la religiosidad promueve el bienestar humano gracias a que permite el establecimiento de relaciones sociales íntimas, entre personas de creencias y actitudes religiosas similares.

La posibilidad de establecer relaciones en congregaciones y centros religiosos conferiría así a la religión un valor social. Estas relaciones fomentarían el sentimiento personal de pertenencia a una comunidad, un sentimiento que se sabe aumenta el bienestar humano.

EL CRISTIANISMO Y LA FELICIDAD
Extracto de la ponencia de Juan Martín Velasco en el Foro de Profesionales Cristianos de Madrid*
FORO DE PROFESIONALES CRISTIANOS, pxmadrid@telefonica.net
MADRID.

¿Qué podemos hacer los cristianos, qué podemos aportar a la búsqueda de la felicidad en nuestro tiempo?
ECLESALIA, 12/03/10.- Vivimos en un clima cultural en el que predomina la desesperanza y es que han ido fracasando uno tras otro los proyectos ideados para encontrar una solución al problema del deseo humano de felicidad. La ilustración no ha cumplido sus promesas, el marxismo que prometía un mundo justo y nada menos que un paraíso en la tierra, ha fracasado, seguramente por la estrechez de sus presupuestos ideológicos, basados en el materialismo, y por la brutalidad de su aplicación en los países que han estado bajo su dominio. A algunos les pareció que, tras el fracaso del socialismo real, el mercado abandonado a sus leyes propiciaría el crecimiento económico indefinido, que multiplicaría los bienes y facilitaría el acceso a ellos a los pueblos hasta ahora marginados; hoy, la crisis nos lo muestra con toda claridad, constatamos que la distancia entre pobres y ricos se hace cada vez mayor, que el crecimiento tiene unos límites y que por tanto también el mercado ha defraudado las esperanzas que algunos habían puesto en él. ¿Qué podemos hacer los cristianos en esta época de desesperanza?
1. Yo creo que lo primero es mirar hacia nosotros y hacer autocrítica, tomar conciencia de los errores anteriores y actuales, justamente en relación con el problema de la felicidad. ¿Por qué si el cristianismo posee principios capaces de transformar la existencia, si la esperanza y el amor constituyen una verdadera fuente de felicidad para los creyentes, como sucedió al principio del cristianismo, por qué nos vemos los cristianos también anegados en la civilización del deseo, en las sociedades del hiperconsumo y en todas las contradicciones que eso supone para la concepción cristiana del hombre, de la sociedad y de su destino?
La primera razón es que nos llamamos cristianos, porque mantenemos elementos del cristianismo, creencias, prácticas, formas diluidas de pertenencia a la Iglesia… pero nuestro cristianismo es más, en conjunto y sin ofender a nadie, un cristianismo de bautizados que de convertidos. No creo ser demasiado pesimista si reconozco que las comunidades cristianas actuales estamos lejos de vivir personalmente la fe que decimos poseer y conservar, si digo que creemos, con la fe reducida a creencia, pero no somos verdaderamente creyentes en Dios, en Cristo, confiando incondicionalmente en Él. Esto explicaría que nuestra condición de creyentes no irradie la alegría de las bienaventuranzas, de Maria, de los discípulos o de aquellas primeras generaciones de cristianos.
2. Para estar en disposición de recuperar las fuentes cristianas de la felicidad yo creo que necesitaríamos en primer lugar revitalizar y personalizar nuestro ser cristiano, haciendo efectiva la experiencia de la vida teologal, eso que se ha dicho tantas veces: o somos místicos o no podremos ser cristianos. Porque la actitud teologal, la fe-esperanza y caridad suponen una nueva forma de vivir en la que el hombre, superando las formas de vida desperdiciada, -la evasión, el divertimiento y tantas otras formas- llega al fondo de sí mismo y tratando de remontar el curso de su vida, que él percibe que no se ha dado a sí mismo, admite, reconoce, acepta: “todas mis fuentes están en ti”, refiriéndose, naturalmente a Dios. Creer en el Dios Padre creador es, en su centro mismo, vivir en la esperanza y de la esperanza. Y la esperanza es, en una expresión de Miguel García-Baró, “la certeza difícil, profundamente dichosa, de que lo mejor tendrá, tiene ya ahora, la última palabra. Es pues vivir en la certeza de que la propia vida procede del manantial de amor que reconocemos como Dios y en la certeza igualmente dichosa de que la semilla de ser que la presencia de Dios siembre en nosotros se impondrá a todos los peligros, a todos los pesares, incluso a las catástrofes que pueda comportar nuestra vida”.
Pero necesitamos también recuperar la vocación terrena, mundana, de nuestro ser cristiano, tal como la describió, después de siglos de olvido, el Vaticano II en esa preciosa Constitución sobre la Iglesia en el Mundo actual.
3. Los rasgos de la felicidad cristiana
3.1. Recuperada la raíz de la experiencia cristiana en la vida de los cristianos, florecería de nuevo la alegría que el Nuevo Testamento atribuye a los creyentes. Me parece además que de ahí surgiría una felicidad con rasgos originales, los propios de la felicidad cristiana, por ejemplo: su condición de felicidad teologal, la fe esperanza cristiana es fe-esperanza en Dios por la que el cristiano se fía de Dios y se confía a Dios, con todo el poder que la confianza en Dios tiene para derribar del corazón de los creyentes todos los ídolos que constantemente estamos fabricando: el de los bienes objeto de posesión y consumo, el del placer erigido en finalidad de la vida, el del vano honor, la vana gloria y el cultivo de la propia imagen, y por encima de todo, el del egoísmo que nos encierra en el círculo estrecho de nosotros mismos y los nuestros y nos hace ignorar a los otros y pasar indiferentes ante sus sufrimientos.
3.2. Tengo la impresión de que los cristianos, por no haber experimentado de verdad el ser creyentes, no hemos descubierto la felicidad que comporta consentir a la fuerza gravitatoria del amor de Dios en nosotros y ser testigos de la liberación de energías en nuestro interior que se sigue de ese consentimiento. Creer, confiar en Dios y consentir a su amor con la incondicionalidad de toda relación que se refiere a Dios, abre la posibilidad a otro rasgo característico de la felicidad que se sigue de creer: sólo se puede creer incondicionalmente como Abraham, como María, contra toda esperanza, es decir, contra todas las aparentes razones para no confiar o para desesperar. Y es que confiar en Dios no es reunir todos nuestros esfuerzos para dar el salto hacia Él, sino abandonarse a su fuerza de atracción que es infinitamente superior a la que puede ejercer en nosotros la gravedad que nos lleva a querer salvarnos a nosotros mismos o a confiar en cualquiera de los seres mundanos.
3.3. La condición teologal del fundamento de nuestra felicidad hace que ésta no se vea amenazada por nada, ni siquiera por la muerte. Como dice el texto de Job -en la antigua traducción de la Vulgata- “Aunque me mates, confiaré en ti”.
3.4. Afirmada en este fundamento, la felicidad de la fe permite descubrir otros rasgos característicos. Por ejemplo, el Dios trascendente en el que creemos rompe la atracción que ejerce en nosotros nuestro yo y el mundo en el que vivimos, el Dios creador que es “Dios mío” para cada ser humano, no puede serlo mas que siendo a la vez el Dios de todos. Imposible por tanto decir “Dios mío” si en mi invocación no están incluidos todos. El proyecto de Dios que aceptamos cuando decimos “hágase tu voluntad” incluye a todos los hombres, por eso es imposible creer en Él, reconocer su amor e ignorar a los otros. Creer en Dios lleva consigo, como principio rector de la vida, el “no sin los otros, nada sin los otros”.
3.5. Otro rasgo de la felicidad cristiana es la primacía del amor. Dicen los escritos de Juan “Creemos en el amor que Dios nos tiene”. “Vivo de la fe en el hijo de Dios que me amó”, dice San Pablo. Todos sabemos que el amor es la sal de la vida, su sentido, por eso el amor está en la raíz de toda felicidad; ahora nos explicamos el fracaso de la civilización del deseo que hay que saciar por la posesión y el consumo de bienes porque el amor comporta ciertamente deseo pero lo trasciende en la donación regida por la ley de la gratuidad; la originalidad del amor como centro de la vida explica la originalidad de la felicidad cristiana: hay más alegría en dar que en recibir, dice San Pablo en el Libro de los Hechos atribuyendo la expresión al mismo Jesús.
Felicidad cristiana, esperanza y sufrimiento
¿Es verdad que creer en el Dios de Jesucristo aporta alegría, auténtica alegría a la vida de los creyentes?, ¿qué clase de alegría es la que aporta? Porque es verdad que la Biblia se refiere a los creyentes como felices, al Dios en el que esperamos como el Dios que consuela, pero también es verdad que está llena de oraciones, como las de Jeremías, las del libro de las Lamentaciones, las de Job, como las de los autores de los salmos, la de Jesús mismo, en las que se dirigen a Dios desde el abismo del sufrimiento, desde el mayor abatimiento, desde la angustia, con oraciones que consisten en preguntas, en busca de explicación por lo que están viviendo, de queja por esa situación.
La esperanza no se identifica con el optimismo superficial que con una actitud mágica ante Dios hace de Él la respuesta inmediata a las preguntas humanas, pone en Él la satisfacción de nuestros deseos inmediatos. El Dios de la fe y de la esperanza cristiana no puede convertirse en objeto de ningún acto humano, es un Dios absolutamente trascendente, que no es ajeno al mundo pero tampoco se hace presente en él como un poder mayor o un ente supremo que lo rige o lo vigila desde fuera del mundo; precisamente por eso la fe requiere el trascendimiento de todo lo mundano y el descentramiento de sí mismo, por eso la esperanza solo está a la altura del Dios en el que confía cuando renuncia a todos los apoyos que puedan imaginarse para confiar; renunciar, como Abraham en el sacrificio de Isaac, a la prueba que Dios mismo le había dado como muestra de su fidelidad.
A partir de estas consideraciones se entiende que confiar cuando no se tiene ninguna razón aparente para hacerlo, que confiar contra toda razón, no es que sea el grado sumo de la esperanza, es que es la condición indispensable para que la esperanza sea esperanza teologal. Así entendidala esperanza no consiste en la convicción de que todo me va a ir bien en el futuro sino en la certeza oscura, en la confianza incondicional de que, suceda lo que suceda en mi vida, todo está bien porque mi vida entera está confiada a Dios.
Voy a terminar con una alusión a la “verdadera alegría”. Los textos más elocuentes sobre ella están en San Francisco de Asís, en sus mismos escritos y el capítulo VIII de Las Florecillas. Por ser más breve, remito a un texto de Santa Teresa del Niño Jesús, que sabéis que pasó por una prueba formidable al final de su vida, 18 meses en la más oscura de las noches espirituales, y escribe “a veces es verdad que el pajarillo –ella misma- se ve asaltado por la tempestad, le parece creer que no existe otra realidad mas que las nubes que lo envuelven. Entonces llega la hora de la alegría perfecta para el pobrecito y débil ser, qué dicha para él permanecer allí no obstante y seguir mirando fijamente a la luz invisible que se oculta a su fe”. Esta forma de alegría no es una anécdota en la vida de los creyentes, puede verse como la reproducción en ellos mismos del misterio pascual, de la vida, muerte y resurrección de Cristo. ¿Recordáis lo que decía Camus, “los hombres mueren y no son felices”? Jesús no nos ha salvado de esa condición humana expuesta al sufrimiento arrebatándonos al cielo y evitándonos la muerte, eso entraba dentro de la propuesta del tentador en el desierto. Él ha asumido nuestra condición hasta el fondo, pasando por el sufrimiento, el abandono y la muerte en la cruz y experimentando en sus carnes crucificadas y de resucitado la victoria definitiva del amor de Dios a la que nos asocia la esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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